martes, 31 de enero de 2012

sábado, 28 de enero de 2012

Evangelio del 29 de Enero


“Hablaba con autoridad y expulsaba los demonios“


Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Palabra del Señor

La foto está tomada de  http://odresnuevos.wordpress.com/evangelio-domingos/evangelio-29-enero/ os invito a visitar está página, me parece muy interesante.

viernes, 20 de enero de 2012

¿Quién es Jesús?

La personalidad de Jesús
La lectura atenta de los Evangelios nos permite descubrir, no sólo la trayectoria general de la vida de Jesús, sino también los rasgos fundamentales de su personalidad humana, tal como fueron percibidos por sus discípulos e incluso por sus enemigos.
a) Un hombre libre
Ya desde su adolescencia (cf. Lc 2,41-52) Jesús se manifiesta como un hombre libre frente a todo y frente a todos los que puedan obstaculizar su misión. Libre frente a su familia (cf. Mc 3,21) y a sus amigos (cf. Mc 8,31-33). Libre frente al poder político de los romanos (cf. Lc 13,31-33). Y libre, sobre todo, frente a los ritos, las prescripciones y las costumbres del judaísmo de su tiempo, cuando él creía que se convertían en obstáculos para cumplir la auténtica voluntad de Dios y servir al bien del hombre. Fue precisamente esta libertad la que irritó a todos los poderes constituidos, que decidieron acabar con él.
b) Un hombre con una experiencia religiosa profunda y original
Hay un elemento fundamental en la vida de Jesús: su obediencia radical y su confianza total en Dios, a quien le llamaba «Abba» («papá»). Lo que alimentaba su vida y daba sentido a toda su actuación era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34). Y ésta era también la motivación y la fuerza que hacía posible su libertad: necesitaba ser libre para amar y obedecer al Padre.
No es de extrañar, pues, que fuera un gran orante: dedicaba largas horas todos los días a dialogar con el Padre (cf. Lc 6,12), y nos ha dejado oraciones de una profundidad y belleza inigualables (cf. Mt 11,25-26; Lc 11,1-3; Jn 17; Mc 14,36). Y fue precisamente su rica y original experiencia de Dios lo que quiso transmitirnos. El objetivo último de toda su vida fue manifestarnos a un Dios cercano, amigo de los hombres, liberador, que se preocupa de los últimos, que sabe acoger y perdonar y que nos convoca a todos a la gran fiesta de su Reino. En una palabra, a un Dios que es «Buena Noticia» para el hombre.
c) Un hombre con una gran sensibilidad
La fortaleza de su carácter se armonizaba con una gran riqueza de sentimientos. Era sumamente sensible para apreciar las maravillas de la naturaleza: le gustaban los montes y el mar, y se fijaba en la belleza de las flores y de los pájaros (cf. Mt 6,26-30). Pero sus sentimientos se manifiestan sobre todo en las relaciones humanas. Siente una compasión espontánea ante todo tipo de necesidad o desgracia (cf. Mc 1,41; Lc 7,11-17; Mc 6,32-33); ama profundamente a sus amigos y llora ante su muerte (cf. Jn 11,35-38; 18,8); se indigna ante la injusticia o la adulteración de la religión (cf. Mc 3,5; 10,14; Jn 2,13-22); se angustia profundamente ante la perspectiva de su muerte (cf. Mc 14,33).
d) Un hombre para los demás
Jesús dijo que «no había venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). En efecto, nunca buscó su propio interés, no se preocupó de su propia fama (cf. Mt 8,20), no buscó dinero ni seguridad alguna (cf. Lc 16,3), tampoco buscó el poder (cf. Jn 6,15), no vivió para una esposa ni una familia y supo renunciar a sus proyectos para servir a los demás (cf. Mc 6,32-37). Fue siempre un hombre disponible para los otros.
Además, sabía acoger a cada persona en su originalidad y en su problemática irrepetible. No pensaba en la humanidad, sino en cada hombre y en todo hombre que se cruzaba en su camino, como Zaqueo (cf. Lc 19,1-10), la samaritana (cf. Jn 4), la adúltera (cf. Jn 8,2-11)…
Y, sobre todo, estuvo siempre de parte de los que necesitaban ayuda para ser libres y encontrar la verdad de su vida: el pueblo humilde (cf. Mc 6,34), la gente inculta (cf. Jn 9,34), las personas de mala reputación (cf. Lc 7,36.50), los enfermos (cf. Mc 1,23-28), las mujeres (cf. Lc 8,2-3) y los niños (cf. Mc 10,13- 16).

El Reino de Dios ya ha comenzado

La primera gran novedad es que el Reino de Dios y su cercanía ya no es un acontecimiento amenazante y que suscita temor (similar al anuncio de Jonás), sino un “evangelio”, una “buena noticia”. En segundo lugar, esta buena noticia no es una promesa futura (aunque ya inminente, como en el mensaje de Juan Bautista), sino que “el plazo se ha cumplido” y esta cercanía es ya una presencia. Y es que el Reino de Dios de que habla Jesús no es un determinado orden social o político, no es una “nueva era” que se nos echa encima inevitablemente por fantásticas combinaciones estelares, no es tampoco (sólo, ni sobre todo) la revelación de una nueva cosmovisión de tipo filosófico, metafísico, moral… El Reino de Dios es el aviso y la noticia, la buena noticia, de que Dios reina, de que está ya entre nosotros y es posible encontrarse con Él. Lo notable de esta noticia es que esa presencia y esa posibilidad de encuentro es incondicional, no está reservada a unos pocos privilegiados, no está ligada a una determinada pertenencia nacional, racial, social, moral… Porque se trata de una presencia humana, accesible a todos, incluso a los habitantes de Nínive, la gran ciudad, paradigma del mal y la enemistad con Israel. El Reino de Dios está cerca porque es el mismo Jesús el que lo porta en sí. La voz que escuchó a la orilla del Jordán en el momento del bautismo, “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” (Mc 1, 11) es la experiencia fundante de todo el ministerio de Jesús, y es esa paternidad de Dios la que Jesús transmite con su presencia cercana y humana. Gracias a Jesús, a su presencia en este mundo concreto, en el que no reinan condiciones ideales, al revés, en el que hay violencia, injusticia, pobreza, sufrimiento… en este mismo mundo, se ha hecho presente el Reino de Dios, no como una utopía fantástica, sino como una posibilidad real: es posible, ya en este mundo, en esta historia, ingresar en ese Reino y vivir de acuerdo con sus leyes, porque Jesús mismo lo encarna en su persona; y Él está en medio de nosotros.

Evangelio del Domingo 22 de Enero

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,14-20):

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Desaprender la guerra

Desaprender la guerra, deshilachar los miedos, realimentar la risa,...

viernes, 13 de enero de 2012